Los venezolanos hacen cola para recibir almuerzo gratis en el refugio de migrantes “Divina Providencia”, a las afueras de Cúcuta. REUTERS / Edgard Garrido

 

Yoselín Ramos, que tiene ocho meses de embarazo, duerme la siesta tirada en el piso de la calle 6 con avenida 4 de La Parada, en Villa del Rosario, al pie de la cancha de tierra, hasta donde llegan los venezolanos a improvisar en tierras extrañas un refugio que creían pasajero y se les ha vuelto permanente.

Por LaOpinion.com.co

Su hija, de dos años, también está allí. Su colchón son unos cuantos cartones y unas cobijas para que el piso no sea tan duro. Son las 3:30 de la tarde, la temperatura marca 35 grados y el sol está más fuerte que de costumbre. El calor las azota, pero las capas frondosas de los árboles, que se han convertido en el techo de su refugio, las refresca un poco y evita que los rayos de sol les queme la piel. Yoselín tiene 27 años y no sabe el sexo de su bebé, pues no ha ido a ningún control. “No le tengo ropa ni nada para su llegada”, contó mientras acariciaba su barriga.

Ella llegó hace dos meses de Barquisimeto junto con su hermana Yendira Ramos, quien también pasó por la trocha en estado de embarazo con dos hijos pequeños más. Ambas se ubicaron en la cancha de tierra, porque vieron que ‘todos lo hacen’.

Yendira tuvo los dolores allí y justo hoy, hace un mes, nació su niña en el hospital Erasmo Meoz. “Gracias a Dios nació sanita”, expresó.

Ella armó un mejor cambuche con plásticos y cobijas para tenerla más segura, aunque es consciente de que este no es un lugar apropiado para su bebé; sin embargo, “es lo que tengo por ahora”, agregó con un gesto de tristeza.

“La situación en Venezuela está muy mal. Trabajaba en una casa de familia, pero ya no me dieron más trabajo y por eso me vine”, dijo la mujer mientras les preparaba un tetero a su hija de 2 años, que lloraba de manera insistente, y a su hijo de 4, que observaba la escena.

Estas hermanas no son las únicas mujeres que duermen a la intemperie. Son decenas de madres, unas embarazadas y otras con hijos pequeños, algunos de brazos, las que han hecho de esta cancha su hogar en Colombia.

“Nadie se ha acercado para ayudarnos. Los niños no tienen ropa y algunos están enfermos”, comentó Alejandra Olarte, mostrando la cabeza de uno de los niños con laceraciones. “Mi sobrino está hospitalizado por una infección en los pulmones”, agregó.

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