Nuestra estudiante de Erasmus ha dejado al escocés de faldas en la barra y ahora se encuentra en el almacén del pub a solas con la camarera y una pregunta.

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Relatos lésbicos

Edimburgo (Parte II): Staff only

—¿Qué quieres?

No recuerdo si fue su voz o fue la mía, ni tampoco si se acercó ella, puede que lo hiciera yo. En un abrir y cerrar de ojos me encontré arrinconada contra la pared, al lado de un arcón. Sentí cómo mi corazón bombeaba demasiado deprisa y mis ojos, en lugar de expresar el desconcierto más absoluto, no podían dejar de mirar sus labios carnosos cubiertos de un color burdeos intenso.

Olvidé al escocés, su kilt y su humor absurdo. Olvidé hasta mi propio humor absurdo y tomé a la mujer del cuello y la acerqué a mi boca. Ella no sabía a whisky, sino a cerveza. A una fuerte e intensa, aunque era cálida… Yo también empecé a sentirme arder cuando sus manos se desplazaron por la parte trasera de mi cuerpo. A diferencia del chico, la barista sabía dónde y cómo tocar, incluso dio rápidamente con esa zona de mi baja espalda, que me hizo liberar un suspiro dentro del beso.

Sus manos inquietas se pusieron manos a la obra para desabotonar la camisa de cuadros que llevaba, hasta que mis pechos quedaron expuestos. Noté cómo palpaba la zona recién descubierta y abandonó el beso tan pronto como percibió que no llevaba sujetador. Debido al tamaño de mis senos, podía prescindir de él la mayoría de las veces, lo cual era cómodo y, en ocasiones como aquella, jugaba a mi favor. Observé cómo se relamía el labio inferior y, sin mediar palabra, me apartó ligeramente para poder acceder al arcón de mi derecha. Lo abrió, sin perder tiempo, para sacar un cubito de hielo que me hizo temblar antes siquiera de tocar mi cuerpo.

Abrí la boca para decir cualquier cosa, pero no fui capaz de emitir un solo sonido. La situación se había vuelto tan estimulante que solo podía dejarme guiar por la iniciativa de la camarera.

—Shhh… —siseó.

Con el mismo descaro que parecía caracterizarla, tomó el cubito con los dientes y se hundió en mi cuello. Utilizó una de las esquinas para delinear un camino húmedo desde detrás de mi oreja, bajando despacio por la piel fina sobre mi pulso. Por mucho que el recorrido fuera previsible, sentir el contraste de mi cuerpo ardiente y el frío sobre la piel de mis pezones hizo que gimiera. Ella llevó una de sus manos a mi boca para censurar cualquier muestra de excitación.

Soltó el hielo de los dientes y dejó que resbalara por mi abdomen hasta que impactó contra el suelo y estalló en varios pedazos. El líquido helado en mis aureolas fue sustituido enseguida por su boca hábil e insolente. Aunque me hubiera gustado mantenerlos abiertos y alerta, cerré los ojos presa del agrado. Me permití recrearme en esa lengua que se enroscaba en mis pezones pequeños y la concentración me hizo darme cuenta de que su mano libre pretendía desabrochar el botón de mi pantalón tejano.

Llevé mis dedos al suyo por acto reflejo, esquivando el delantal. No me hacía falta comprobar lo mojada que estaba yo, porque podía sentir mis pliegues envueltos por el calor de mi humedad. Aun así, quería saber si todo aquello era recíproco, si las miradas habían sido el resultado de algo más que el carácter rebelde de la camarera. Jugueteé con la cremallera, incluso fingí extraviarme en la cinturilla de sus pitillo, lo cual logró que me regalara un gruñido. Reí contra su mano, todavía amortiguando cualquier ruido, y me metí bajo sus bragas al mismo tiempo que ella hizo lo propio en mi tanga.

Decidió darle una merecida tregua a mis pechos, que notaba doloridos por el exceso de atención, y volvimos a besarnos con frenesí. Ambas movimos los dedos en la intimidad de la otra y fue entonces cuando toqué su sexo, ardiente y empapado. Tenía su placer en los dedos y de pronto me sentía la dueña. Imitamos los movimientos de la otra y, al igual que con aquella pregunta, sin saber bien quién de las dos era quien los iniciaba. Tal vez fuéramos ambas, y el efecto espejo funcionaba de manera efectiva.

Supe que llegaba su momento porque sus dedos sobre mi clítoris se volvieron torpes, inexpertos. Frené en seco y me gané un mordisco fuerte en la barbilla, que ignoré estoica. Miré sus ojos del color de la hierba escocesa que había visto en tantas fotos y no podía esperar a contemplar en directo, y esta vez fui yo quien le dedicó una mirada desvergonzada. Me pareció percibir un amago de sonrisa por la frustración que camufló rápido, e hizo chocar las caderas contra mi mano. Comprendí la señal, era inequívoca, y aunque se estaba muy bien frente aquel paisaje tortuoso me moría por sentir cómo se deshacía en mis dedos. Retomé la estimulación en su centro hinchado y, al poco, se apoyó en mi hombro y lo mordió para ocultar un fuerte gemido. Fue el único hasta que liberó otro lo más bajo que pudo mientras se corría, al tiempo que introducía dos de sus dedos en mi interior de golpe.

La sorpresa de aquel gesto me hizo precipitarme hacia el clímax, que irradió por cada una de mis terminaciones nerviosas. Fue intenso y violento, incluso provocó que arqueara la espalda y por poco no caí al suelo. La barista me ayudó a mantener el equilibrio hasta que ambas recuperamos el aliento. Nos vestimos en silencio, solo se oía el sonido de nuestras respiraciones. En cuanto ella terminó de abrocharse el pantalón, cogió una botella de whisky que había en la mesa y un par de vasos pequeños y vertió un chorro en cada uno.

Estaba acabando de abotonarme la camisa, concentrada en hacerlo bien, cuando la camarera me ofreció uno de los vasitos.

—Bienvenida a Escocia.

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